miércoles, 4 de enero de 2012
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Una noche más, vuelvo a despertarme, vuelvo a mirar el reloj y vuelvo a ver que son las cinco de la mañana. Mi vieja pesadilla a vuelto. Lloro, lloro desconsoladamente pensando que nunca se acabará esta tortura. ¿Qué me está pasando? Me levanto de la cama, me dirijo al baño. El espejo está empañado. Lo toco, lo vuelvo a tocar. No siento el frío bao. Me miro, me vuelvo a mirar sin poder si quiera reconocerme. Vuelvo a tener la cara pálida y los ojos rojos, las lágrimas surcan mi cara como las gotas de rocío en una rosa, como el agua sigue el cauce del riachuelo, para terminar como todo, con un final. Pienso en como era mi vida antes, mi vida sin pesadillas, sin demonios de la noche. No puedo recordar bien, hace mucho de eso. De nuevo voy a la cocina, cojo un baso y enciendo el grifo. Vuelvo a ver mi escapatoria. La única escapatoria que me queda. La cojo. Me veo reflejada en se filo. Vuelvo a llorar. Destino, ¿por qué no me has dejado ser feliz? Aprieto el frío filo contra mi muñeca, la sangre fluye de la herida y ya no hay vuelta atrás. Mi vida se acaba, pero nadie lamentará lo que he hecho. Adiós falsedad, adiós odio, adiós las tardes encerrada en mi cuarto, adiós pesadillas.
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